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*Ligia y sus hijos infinitos*

Autor: Ali Rojas Olaya.


*Ligia y sus hijos infinitos*

Mi mamá no sólo fue el primer hogar que cobijó mi alma, sino que fue mi primera maestra. Con ella aprendí a leer y a escribir. Mi hermana era más rápida. No hizo falta que mi mamá la enseñara porque ella aprendió en la escuela. A mí se me dificultaba la lectura porque los dibujos de los libros que me compraba mi papá dispersaban mi atención. Casi todas las madres leen cuentos a sus hijos para dormir. Ligia me leía poemas de Andrés Eloy Blanco y, aunque siempre me dormía, en la realidad me despertaron. Cada lectura era un puente entre el eco de mi asombro y su voz.

Estudié la primaria en la escuela Vicente Salias y los tres primeros años del bachillerato en el liceo Santiago Key Ayala. Solía llevar a casa a Wolfgang, un amigo, para estudiar. Era un compañero extremadamente flaco por el hambre. Él se alegraba mucho porque hacer las tareas en mi casa incluían el almuerzo. Cuando ya se iba, Ligia le daba una bolsa de ropa y le decía: -Mi amor, ¿tú crees que puedas regalarles estos pantalones, franelas, camisas y zapatos a algunos vecinos tuyos? Los días siguientes, Wolfgang venía a casa con esos atavíos y cada vez su cuerpo se iba llenando de carnes.

Recuerdo que un día llegó a la casa una visita justo en el momento en que Wolfgang se marchaba. Al entrar le dijo a Ligia: ¡Yo creo que ese muchacho le gusta estudiar con Alí sólo por la comida! Mi mamá me abrazó y viéndole a los ojos le dijo: “Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro y el corazón afuera. Y cuando se tienen dos hijos”, como es mi caso, “se tienen todos los hijos de la tierra”.