Autor: Jorge Guerrero Veloz
El racismo como instrumento político
El racismo es una doctrina basada en la supuesta superioridad racial, así como en teorías que pretenden demostrar la existencia de seres humanos “superiores” y distintos por su condición social de clase y económicas, sustentados en el color de su piel y en las características fenotípicas. Esta construcción ideológica fue elaborada y legitimada por instituciones como la Iglesia, el poder político, científico y económico, que recurrieron a justificaciones biológicas, religiosas e ideológicas para sostener la dominación colonial y esclavista. Jesús “Chucho” García, en Afrovenezolanidad e inclusión en el proceso bolivariano (2018), recuerda cómo en el siglo XVII el médico holandés P. Camper concluyó que el ángulo facial de los africanos se aproximaba más al de los monos que al de los europeos. Posteriormente, Ch. White y otros científicos compararon esqueletos humanos con los de monos para afirmar que los europeos eran superiores no solo físicamente, sino también intelectualmente. Estas pseudoteorías científicas se convirtieron en el soporte ideológico de la esclavitud y la colonización, legitimando la exclusión y la explotación de millones de personas.
En 2008 denuncié, a través del portal Aporrea, (https://www.aporrea.org/ddhh/a65865.html) cómo la oposición venezolana recurría al racismo como estrategia política para atacar a líderes afrodescendientes como Aristóbulo Istúriz. En aquel momento, símbolos del Ku Klux Klan y expresiones racistas se usaban para deslegitimar su liderazgo y sembrar odio en la sociedad. Advertí entonces que el racismo no era un accidente, sino un instrumento político heredado de las lógicas coloniales e imperialistas. Hoy, casi dos décadas después, la historia se repite. Lo ocurrido recientemente en Madrid, cuando el cantante Carlos Baute llamó “la mona” a la presidenta encargada Delcy Rodríguez Gómez, constituye una agresión y demuestra cómo el racismo sigue siendo utilizado como instrumento político para deslegitimar, ridiculizar y deshumanizar a los líderes vinculados al chavismo. El mensaje implícito es claro: quienes se consideran herederos de una supuesta “superioridad” racial, cultural y académica pretenden imponer la idea de que solo ellos, descendientes de los antiguos colonizadores y esclavistas, tienen derecho a gobernar. Bajo esa lógica discriminatoria, se niega la capacidad de liderazgo de los sectores populares, afrodescendientes e indígenas, perpetuando una visión racista, colonialista y obsoleta de un pasado deshumanizante y violento.
El uso y mal uso de términos como razas terminan fortaleciendo la narrativa colonial y racista, justificando la supuesta superioridad que intentó deshumanizar a los segmentos civilizatorios de África y la Abya Yala, es decir, a los históricamente más vulnerables. Entre ellos se encuentran los pueblos originarios, los africanos y sus descendientes, así como las mujeres que permanentemente sufren una triple discriminación: por ser mujeres, por ser afro o indígenas y por ser pobres. Tras los horrores del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, la Unesco convocó a una Comisión de Expertos sobre Problemas Raciales que en julio de 1950 publicó la Declaración sobre la Raza. En ella se afirmó que el término raza había sido abusivamente utilizado para clasificar como razas a grupos nacionales, religiosos, geográficos, lingüísticos o culturales. Se subrayó que los rasgos culturales de dichos grupos no tienen ninguna relación genética con las características raciales, y se recomendó renunciar al uso del término raza en el lenguaje corriente para referirse a los seres humanos, proponiendo en su lugar la expresión grupos étnicos. Este documento fue un hito porque desmontó las bases pseudocientíficas del racismo y estableció un consenso internacional: no existen razas humanas superiores ni inferiores, sino diversidad cultural y étnica. Sin embargo, todavía hoy persiste el uso incorrecto del término raza para referirse a grupos sociales o étnicos. Por ello, es necesario hacer un llamado de atención: debemos evitar el empleo de esta palabra en contextos humanos, ya que perpetúa una visión racista, colonialista y obsoleta de ese pasado deshumanizante y violento. Hablar de grupos étnicos o comunidades culturales es lo correcto y lo que se ajusta a los estándares internacionales establecidos por la Unesco desde hace más de siete décadas.
Cabe destacar que las Naciones Unidas han realizado tres Conferencias Mundiales contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Intolerancia y todas sus formas conexas, (Ginebra-Suiza, 1978-1983) siendo la última celebrada en Durban, Sudáfrica, en el año 2001. Conviene subrayar que hasta la fecha esa organización no ha convocado ninguna conferencia contra el odio ni contra el fascismo. De tal manera, no podemos dejarnos confundir: el racismo es una ideología que puede generar crímenes de odio, pero no es lo mismo que el odio político. El racismo tiene raíces históricas y doctrinales que lo convierten en una amenaza estructural y permanente.
Es claro que las acciones de estos opositores forman parte de un plan para desestabilizar el gobierno y las instituciones, sobre todo a sus líderes, que ya ellos tienen identificados y que representan la fortaleza del proceso de cambios y transformaciones enmarcados en nuestra Constitución y en las líneas estratégicas del Proyecto Bolivariano. Un proyecto que no deja espacio para que vuelvan a gobernar estos sujetos con sus despreciables rechazos hacia los sectores más vulnerables de nuestra sociedad, es decir, los sectores populares y sus víctimas históricas: afrovenezolanos e indígenas empobrecidos debido a sus políticas racistas. De manera que hacemos un llamado a las instituciones del Estado, como el Ministerio Público y la Defensoría del Pueblo, a penalizar y castigar a estos canallas miserables con los instrumentos legales de nuestra Constitución y las herramientas de la Convención contra todas las Formas de Racismo y Discriminación Racial, así como el Protocolo Facultativo 14 de la misma Convención, suscrito y ratificado por nuestro gobierno.
En ese sentido, modestamente propongo una nueva reforma a la Ley Orgánica contra la Discriminación Racial venezolana (2011), que lleve por nombre: “Ley Orgánica contra el Racismo y la Discriminación Racial”, con el objetivo de estandarizarla y armonizarla con los postulados y convenciones internacionales de las Naciones Unidas en esta materia. De esta manera, Venezuela daría un paso firme en la adecuación de su marco jurídico a los compromisos internacionales asumidos, fortaleciendo los instrumentos legales para sancionar el racismo como delito y diferenciándolo de otras formas de odio político o ideológico.
Denuncio, condeno y rechazo enérgicamente el uso del racismo como instrumento político contra nuestra presidenta encargada Delcy Rodríguez Gómez y hago un llamado a todos los sectores revolucionarios a rechazar, estar alerta y vigilantes ante esta nueva arremetida de la derecha oposicionista con ideología racista. Estos sectores opositores, cargados de complejos de superioridad, pretenden tomar las riendas del poder político venezolano bajo la falsa premisa de que solo ellos, descendientes de los antiguos colonizadores y esclavistas, con su “inteligencia, belleza y formación académica occidental”, tienen derecho a gobernar. Frente a ello, reafirmo que el proceso bolivariano se sustenta en la inclusión, la igualdad y la dignidad de los sectores populares, afrovenezolanos e indígenas históricamente marginados. En este sentido, la defensa de nuestra presidenta también se ampara en los instrumentos internacionales como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (1965) y la Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial (1965), que constituyen pilares jurídicos universales para proteger frente a cualquier forma de racismo y discriminación a las mujeres, a los pueblos afrodescendientes y a los pueblos originarios. Solo así podremos garantizar que nunca más el racismo sea utilizado como arma política para desestabilizar, dividir y deshumanizar a nuestro pueblo y a sus líderes.
