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BOLÍVAR SOÑÓ CON LA UNIÓN, EL SIGLO XXI LA FRAGMENTA: EL BICENTENARIO DEL CONGRESO ANFITIONICO DE PANAMÁ

BOLÍVAR SOÑÓ CON LA UNIÓN, EL SIGLO XXI LA FRAGMENTA: EL BICENTENARIO DEL CONGRESO ANFITIONICO DE PANAMÁ



Autor: Gerardo Wilson.

Era el año de 1826, los imperios europeos aún tenían en su mira a la recién independizada América hispana y la joven Gran Colombia gobernada por el recién ungido "Libertador". Entre el 22 de junio y el 15 de julio de 1826, en el antiguo convento de San Francisco en la ciudad de Panamá —hoy Palacio Bolívar, sede de la Cancillería panameña— se desarrolló un evento que condensó la ambición política más audaz del siglo XIX: el Congreso Anfictiónico de Panamá.


El primer "supranacional" de América

Influenciado por la Liga Anfictiónica de la Antigua Grecia y la visión del Caraqueño Universal y Precursor Sebastián Francisco de Miranda, Simón Bolívar no buscaba solo repúblicas separadas: quería una Confederación de Estados Soberanos con un Ejército unificado, una política exterior común y un congreso permanente. A la cita acudieron representantes de la Gran Colombia, México, Perú y la República Federal de Centroamérica. Bolivia y Estados Unidos no llegaron a tiempo, mientras que Argentina y Chile simplemente declinaron asistir; Gran Bretaña y Países Bajos enviaron meros observadores.

"Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo en una sola nación", había escrito Bolívar en la Carta de Jamaica de 1815, y en Panamá intentó darle cuerpo a ese sueño. El académico panameño Dumas Myrie Sánchez describe aquel congreso como "un portento diplomático de su época", surgido de una obra intelectual y estratégica que asumía un reto titánico: unificar a pueblos recién emancipados, cargados de disimilitudes internas y externas. Pero Myrie advierte que esa visión "adolecería de fuertes contradicciones" que harían imposible alcanzar la unidad deseada.


La "traición" que Bolívar nunca vio venir

El congreso duró apenas 24 días. Las potencias extranjeras jugaron un rol determinante: Gran Bretaña aceptó la invitación con la intención de influir en la naciente confederación para contrarrestar a Estados Unidos, pero al mismo tiempo paralizó cualquier iniciativa bélica contra los restos del imperio español. Internamente, la falta de consenso entre los participantes —en especial sobre el destino de las islas del Caribe y la pertinencia de mantener esclavos en el continente— terminó sepultando el proyecto.

Entre los grandes ausentes estuvo Venezuela, que en ese momento pertenecía a la Gran Colombia. De haber existido como estado independiente, su presencia habría sido vital para equilibrar fuerzas en un tablero dominado por el centralismo grancolombiano. El historiador cubano Sergio Guerra Vilaboy lo ha calificado como "el proyecto de integración más ambicioso del siglo XIX" y reconoce que el congreso "marcó un camino más allá de los resultados, sentó precedentes".


El fantasma de la discordia

Pero la iniciativa también enfrentó un rechazo feroz. Entre sus máximos detractores figuró el vicepresidente de la Gran Colombia, Francisco de Paula Santander, quien veía el congreso como una maniobra de Bolívar para centralizar el poder en sus propias manos y erosionar la autonomía de las regiones. A su juicio, el congreso no solo era peligroso para la estabilidad interna de la Gran Colombia, sino que entregaba a Inglaterra una influencia excesiva sobre las repúblicas independientes.

El propio Bolívar, en correspondencia confidencial con el ministro británico George Canning, reconocía que la presencia inglesa era una "patente de corso" para frenar a la Santa Alianza europea, aunque vender esa idea a sus aliados criollos resultó imposible; muchos vieron en esa invitación una claudicación de la soberanía americana.


La OEA, el ALBA y la CELAC: ¿herederos o traidores?

A 200 años de distancia, el legado del Congreso de Panamá sigue siendo materia de debate en los foros internacionales. El diplomático mexicano Pablo Monroy sostiene que "el Congreso Anfictiónico influyó directamente en el desarrollo de múltiples mecanismos de cooperación posteriores" , entre ellos la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

Sin embargo, la gran diferencia radica en la autonomía. Mientras que la OEA ha sido históricamente percibida como un instrumento de Washington, el auge de iniciativas como el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) y la CELAC en el siglo XXI respondió al propósito explícito de "construir un camino propio", tal como lo planteó el propio Bolívar hace dos siglos. Un intelectual anónimo sostuvo en redes sociales en 2026: "El Congreso de Panamá no fue el fin de una era, sino el inicio del ideal de Hispanoamérica, un ideal perpetuamente inalcanzable, pero necesario".

El economista Santiago Liaudat señala que "el rechazo al ALCA en 2005 marcó un punto de inflexión" y que la creación de UNASUR, CELAC y el propio ALBA constituyó "el mayor avance hacia la unidad latinoamericana en los últimos dos siglos". Pero advierte que la contraofensiva neoliberal y la crisis de los proyectos integracionistas —UNASUR disuelta de hecho, CELAC estancada— muestran que la fragilidad de la unidad sigue siendo una constante regional.


Venezuela, un espejo roto

Ningún caso simboliza mejor esa dualidad de integración y fragmentación como la situación de Venezuela en el bicentenario. El presidente Nicolás Maduro ha conmemorado en varias ocasiones el Congreso Anfictiónico, asegurando que "Venezuela asume el desafío de la unión latinoamericana" y que "el Congreso recogió los sueños más sublimes de integración por los cuales luchó Simón Bolívar". Pero la Venezuela de 2026 es el epicentro de una crisis geopolítica que amenaza con fracturar cualquier esquema de cooperación subregional.

Con una economía que se ha contraído un 60% desde 2013, hiperinflación crónica y una profunda disputa por la legitimidad de su gobierno, Venezuela se ha convertido en un campo de batalla diplomático entre Estados Unidos, Rusia y China, con las potencias arrastrando a los vecinos sudamericanos a posiciones irreconciliables. La OEA ha sancionado reiteradamente al Gobierno Bolivariano, mientras que la CELAC y el ALBA han mostrado divisiones insalvables.

El historiador venezolano Vladimir Berrío Lemm observa con amargura que "el Congreso Anfictiónico fue una asamblea diplomática que buscaba la confederación de los Estados de América" , y hoy esa confederación no existe siquiera entre los propios venezolanos.


Reflexión final: el tiempo circular

Hay una ironía paralizante: Bolívar reunió el congreso en Panamá justamente para impedir la fragmentación que hoy se ha consumado. Venezuela, que en 1826 ni siquiera era un actor independiente, es ahora la principal causa de fractura en los procesos de integración regional. Nuestros líderes citan a Bolívar para justificar la unidad, mientras que la realidad muestra un país aislado, asediado por sanciones unilaterales y dependiente de alianzas con potencias extracontinentales que nos convierten en un peón de ajedrez global en lugar de un constructor de soberanía colectiva.

El historiador argentino Lucas Botta rescató hace apenas días en una conferencia en el propio Palacio Bolívar que "el congreso sentó las bases de una comunidad internacional americana fundada en el derecho". Pero ese derecho parece hoy subordinado a los intereses de los imperios que Bolívar tanto temía y contra los cuales creyó haberse liberado.

La pregunta del bicentenario no es si el proyecto de 1826 fue un fracaso. La pregunta es si, después de 200 años de intentos —OEA, CELAC, ALBA, UNASUR—, somos capaces de mirar a los ojos de nuestros vecinos sin la sombra de la desconfianza que nos legó la colonia. Mientras sigamos viendo en el otro a un enemigo en lugar de un socio estratégico, el Congreso Anfictiónico seguirá siendo una tarea pendiente, encerrada en los anaqueles del Palacio Bolívar, esperando que alguien la saque del olvido y la convierta, finalmente, en realidad. Ojalá el próximo centenario nos encuentre, al fin, sentados en la misma mesa de Panamá, no como espectadores, sino como artífices de transformaciones sociales que tanto necesitan nuestra América.